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El Centro comercial
por: Beatriz Sarlo
En muchas
ciudades no existe un “centro”. Quiero
decir: un lugar geográfico preciso, marcado
por monumentos, cruces de ciertas calles y
ciertas avenidas, teatros, cines,
restaurantes, confiterías, peatonales,
carteles luminosos destellando en el
líquido, también luminoso y metálico, que
baña los edificios. Se podía discutir si el
“centro” verdaderamente terminaba en tal
calle o un poco más allá, pero nadie
discutía la existencia misma de un solo
centro: imágenes, ruidos, horarios
diferentes. Se iba al “centro” desde los
barrios como una actividad especial, de día
feriado, como salida nocturna, como
expedición de compras, o, simplemente, para
ver y estar en el centro. Hoy, Los Ángeles
(esa inmensa ciudad sin centro) no es tan
incomprensible como lo fue en los años
sesenta. Muchas ciudades latinoamericanas,
Buenos Aires entre ellas, han entrado en un
proceso de “angelinización”.
La gente
hoy pertenece más a los barrios urbanos (y a
los “barrios audiovisuales”) que en los años
veinte, cuando la salida al “centro”
prometía un horizonte de deseos y peligros,
una exploración de un territorio siempre
distinto. De los barrios de clase media
ahora no se sale al centro. Las distancias
se han acortado no sólo porque la ciudad ha
dejado de crecer, sino porque la gente ya no
se mueve por la ciudad, de una punta a la
otra. Los barrios ricos han configurado sus
propios centros, más limpios, más ordenados,
mejor vigilados, con más luz mayores ofertas
materiales y simbólicas.
Ir al
centro no es lo mismo que ir al shopping-center,
aunque el significante “centro” se repita en
las dos expresiones. En primer lugar, por el
paisaje: el shopping-center, no importa cuál
sea su tipología arquitectónica, es un
simulacro de ciudad de servicios en
miniatura, donde todos los extremos de lo
urbano han sido liquidados: la intemperie,
que los pasajes y las arcadas del siglo XIX
sólo interrumpían sin anular; los ruidos,
que no respondían a una programación
unificada; el claroscuro, que es producto de
la colisión de luces diferentes, opuestas,
que disputan, se refuerzan o, simplemente,
se ignoran unas a otras; la gran escala
producida por los edificios de varios pisos,
las dobles y triples elevaciones de los
cines y teatros, las superficies vidriadas
tres, cuatro, cinco veces más grandes que el
más amplio de los negocios; los monumentos
conocidos, que por su permanencia, su
belleza o su fealdad, eran los signos más
poderosos del texto urbano; la proliferación
de escritos de dimensiones gigantescas,
arriba de los edificios, recorriendo decenas
de metros en sus fachadas, sobre las
marquesinas, en grandes letras pegadas sobre
los vidrios de decenas de puertas vaivén, en
chapas relucientes, escudos, carteles
pintados sobre el dintel de portales,
pancartas, afiches, letreros espontáneos,
anuncios impresos, señalizaciones de
tránsito. Estos rasgos, producidos a veces
por el azar y otras por el diseño, son (o
fueron) la marca de una identidad urbana.
Hoy, el
shopping opone a este paisaje del “centro”
su propuesta de cápsula espacial
acondicionada por la estética del mercado.
En un punto, todos los shopping-centers son
iguales: en Minneapolis, en Miami Beach, en
Chevy Chase, en New Port, en Rodeo Drive, en
Santa Fe y Coronel Díaz, ciudad de Buenos
Aires. Si uno descendiera de Júpiter, sólo
el papel moneda y la lengua de vendedores,
compradores y mirones, le permitirían saber
dónde está. La constancia de las marcas
internacionales y de las mercancías se suman
a la uniformidad de un espacio sin
cualidades: un vuelo interplanetario a
Cacharel, Stephanel, Fiorucci, Kenzo, Guess
y McDonald's, en una nave fletada bajo la
insignia de los colores unidos de las
etiquetas del mundo.
La
cápsula espacial puede ser un paraíso o una
pesadilla. El aire se limpia en el reciclaje
de los acondicionadores; la temperatura es
benigna; las luces son funcionales y no
entran en el conflicto del claroscuro, que
siempre puede resultar amenazador; otras
amenazas son neutralizadas por los circuitos
cerrados, que hacen fluir la información
hacia el panóptico ocupado por el personal
de vigilancia. Como en una nave espacial, es
posible realizar todas las actividades
reproductivas de la vida: se come, se bebe,
se descansa, se consumen símbolos y
mercancías según instrucciones no escritas
pero absolutamente claras. Como en una nave
espacial, se pierde con facilidad el sentido
de la orientación: lo que se ve desde un
punto es tan parecido a lo que se ve desde
el opuesto que sólo los expertos, muy
conocedores de los pequeños detalles, o
quienes se mueven con un mapa, son capaces
de decir dónde están en cada momento. De
todas formas, eso, saber dónde se está en
cada momento, carece de importancia: el
shopping no se recorre de una punta a la
otra, como si fuera una calle o una galería;
el shopping tiene que caminarse con la
decisión de aceptar, aunque no siempre,
aunque no del todo, las trampas del azar.
Los que no aceptan estas trampas alteran la
ley espacial del shopping, en cuyo tablero
los avances, los retrocesos y las
repeticiones no buscadas son una estrategia
de venta.
El
shopping, si es un buen shopping, responde a
un ordenamiento total pero, al mismo tiempo,
debe dar una idea de libre recorrido: se
trata de la ordenada deriva del mercado.
Quienes usan el shopping para entrar, llegar
a un punto, comprar y salir inmediatamente,
contradicen las funciones de su espacio, que
tiene mucho de cinta de Moebius: se pasa de
una superficie a otra, de un plano a otro,
sin darse cuenta de que se está atravesando
un límite. Es difícil perderse en un
shopping precisamente por esto: no está
hecho para encontrar un punto y, en
consecuencia, en su espacio sin jerarquías
también es difícil saber si uno está
perdido. El shopping no es un laberinto del
que sea preciso buscar una salida; por el
contrario, sólo una comparación superficial
acerca el shopping al laberinto. El shopping
es una cápsula donde, si es posible no
encontrar lo que se busca, es completamente
imposible perderse. Sólo los niños muy
pequeños pueden perderse en un shopping,
porque un accidente puede separarlos de
otras personas y esa ausencia no se
equilibra con el encuentro de mercancías.
Como una
nave espacial, el shopping tiene una
relación indiferente con la ciudad que lo
rodea: esa ciudad siempre es el espacio
exterior, bajo la forma de autopista con
villa miseria al lado, gran avenida, barrio
suburbano o peatonal. A nadie, cuando está
dentro del shopping, debe interesarle si la
vidriera del negocio donde vio lo que
buscaba es paralela o perpendicular a una
calle exterior; a lo sumo, lo que no debe
olvidar es en qué naveta está guardada la
mercancía que desea. En el shopping no sólo
se anula el sentido de orientación interna
sino que desaparece por completo la
geografía urbana. A diferencia de las
cápsulas espaciales, los shoppings cierran
sus muros a las perspectivas exteriores.
Como en los casinos de Las Vegas (y los
shoppings aprendieron mucho de Las Vegas),
el día y la noche no se diferencian: el
tiempo no pasa, o el tiempo que pasa es
también un tiempo sin cualidades.
La ciudad
no existe para el shopping, que ha sido
construido para remplazar a la ciudad. Por
eso, el shopping olvida lo que lo rodea: no
sólo cierra su recinto a las vistas de
afuera sino que irrumpe, como caído del
cielo, en una manzana de la ciudad a la que
ignora; o es depositado en medio de un
baldío, al lado de una autopista, donde no
hay pasado urbano. Cuando el shopping ocupa
un espacio marcado por la historia
(reciclaje de mercados, docks, barracas
portuarias, incluso reciclaje en segunda
potencia: galerías comerciales que pasan a
ser shoppings-galería), lo usa como
decoración y no como arquitectura. Casi
siempre, incluso en el caso de shoppings
“conservacionistas” de arquitectura pasada,
el shopping se incrusta en un vacío de
memoria urbana, porque representa las nuevas
costumbres y no tiene que rendir tributo a
las tradiciones: allí donde el mercado se
despliega, el viento de lo nuevo hace sentir
su fuerza.
El
shopping es todo futuro: construye nuevos
hábitos, se convierte en punto de
referencia, acomoda la ciudad a su
presencia, acostumbra a la gente a funcionar
en él. En el shopping puede descubrirse un
“proyecto premonitorio del futuro”:
shoppings cada vez más extensos que, como un
barco factoría, no sea necesario abandonar
nunca (así son ya algunos hoteles-shopping-spa-centro
cultural en Los Ángeles y, por supuesto, en
Las Vegas).
Aldeas-shoppings, museos-shoppings,
bibliotecas y escuelas-shoppings,
hospitales-shoppings.
Se nos
informa que la ciudadanía se constituye en
el mercado y, en consecuencia, los shoppings
pueden ser vistos como los monumentos de un
nuevo civismo: ágora, templo y mercado, como
en los foros de la vieja Italia romana. En
los foros había oradores y escuchas,
políticos y plebe sobre la que se
maniobraba; en los shoppings también los
ciudadanos desempeñan papeles diferentes:
algunos compran, otros simplemente miran y
admiran. En los shoppings no podrá
descubrirse, como en las galerías del siglo
XIX, una arqueología del capitalismo sino su
realización más plena.
Frente a
la ciudad real, construida en el tiempo, el
shopping ofrece su modelo de ciudad de
servicios miniaturizada, que se independiza
soberanamente de las tradiciones y de su
entorno. De una ciudad en miniatura el
shopping tiene un aire irreal, porque ha
sido construido demasiado rápido, no ha
conocido vacilaciones, marchas y
contramarchas, correcciones, destrucciones,
influencias de proyectos más amplios. La
historia está ausente, y cuando hay algo de
historia no se plantea el conflicto
apasionante entre la resistencia del pasado
y el impulso del presente. La historia es
usada para roles serviles y se convierte en
una decoración banal: preservacionismo
fetichista de algunos muros como cáscaras.
Por esto, el shopping sintoniza
perfectamente con la pasión por el decorado
de la arquitectura llamada posmoderna. En el
shopping de intención preservacionista la
historia es paradojalmente tratada como
souvenir y no como soporte material de una
identidad y temporalidad que siempre le
plantean al presente su conflicto.
Evacuada
la historia como “detalle”, el shopping
sufre una amnesia necesaria a la buena
marcha de sus negocios, porque si las
huellas de la historia fueran demasiado
evidentes y superaran la función decorativa,
el shopping viviría un conflicto de
funciones y sentidos: para el shopping, la
única máquina semiótica es la de su propio
proyecto. En cambio, la historia despilfarra
sentidos que al shopping no le interesa
conservar, porque en su espacio, además, los
sentidos valen menos que los significantes.
El
shopping es un artefacto perfectamente
adecuado a la hipótesis del nomadismo
contemporáneo: cualquiera que haya usado
alguna vez un shopping puede usar otro, en
una ciudad diferente y extraña de la que ni
siquiera conozca la lengua o las costumbres.
Las masas temporariamente nómadas que se
mueven según los flujos del turismo,
encuentran en el shopping la dulzura del
hogar donde se borran los contratiempos de
la diferencia y del malentendido. Después de
una travesía por ciudades desconocidas, el
shopping es un oasis donde todo marcha
exactamente como en casa; del exotismo que
deleita al turista hasta agotarlo, se puede
encontrar reposo en la familiaridad de
espacios que siguen conservando algún
atractivo, dado que se sabe que están en el
“extranjero”, pero que, al mismo tiempo, son
idénticos en todas partes. Sin shoppings y
sin Clubs Mediterranée el turismo de masas
sería impensable: ambos proporcionan la
seguridad que sólo se siente en la casa
propia, sin perder del todo la emoción
producida por el hecho de que se la ha
dejado atrás. Cuando el espacio extranjero,
a fuerza de incomunicación, amenaza como un
desierto, el shopping ofrece el paliativo de
su familiaridad.
Pero no
es esta la única ni la más importante
contribución del shopping al nomadismo. Por
el contrario, la máquina perfecta del
shopping, con su lógica aproximativa, es, en
sí misma, un tablero para la deriva
desterritorializada. Los puntos de
referencia son universales: logotipos,
siglas, letras, etiquetas, no requieren que
sus intérpretes estén afincados en ninguna
cultura previa o distinta de la del mercado.
Así, el shopping produce una cultura
extraterritorial de la que nadie puede
sentirse excluido: incluso los que menos
consumen se manejan perfectamente en el
shopping e inventan algunos usos no
previstos, que la máquina tolera en la
medida en que no dilapiden las energías que
el shopping administra. He visto, en los
barrios ricos de la ciudad, señoras de los
suburbios, sentadas en los bordes de los
maceteros, muy cerca de las mesas repletas
de un patio de comidas, alimentando a sus
bebés, mientras otros chicos corrían entre
los mostradores con una botella plástica de
dos litros de Coca-Cola; he visto cómo
sacaban sandwiches caseros de las bolsas de
plástico con marcas internacionales, que
seguramente fueron sucesivamente recicladas
desde el momento en que salieron de las
tiendas, cumpliendo las leyes de un primer
uso “legítimo”. Estos visitantes, que la
máquina del shopping no contempla pero a
quienes tampoco expulsa activamente, son
extraterritoriales, y sin embargo la misma
extraterritorialidad del shopping los admite
en una paradoja curiosa de libertad plebeya.
Fiel a la universalidad del mercado, el
shopping en principio no excluye.
Su
extraterritorialidad tiene ventajas para los
más pobres: ellos carecen de una ciudad
limpia, segura, con buenos servicios,
transitable a todas horas; viven en
suburbios de donde el Estado se ha retirado
y la pobreza impide que el mercado tome su
lugar; soportan la crisis de las sociedades
vecinales, el deterioro de las solidaridades
comunitarias y el anecdotario cotidiano de
la violencia. El shopping es exactamente una
realización hiperbólica y condensada de
cualidades opuestas y, además, como espacio
extraterritorial no exige visados
especiales. En la otra punta del arco
social, la extraterritorialidad del shopping
podría afectar lo que los sectores medios y
altos consideran sus derechos; sin embargo,
el uso según días y franjas horarias impide
la colisión de estas dos pretensiones
diferentes. Los pobres van los fines de
semana, cuando los menos pobres y los más
ricos prefieren estar en otra parte. El
mismo espacio cambia con las horas y los
días, mostrando esa cualidad transocial que,
según algunos, marcaría a fuego el viraje de
la posmodernidad.
La
extraterritorialidad del shopping fascina
también a los muy jóvenes, precisamente por
la posibilidad de deriva en el mundo de los
significantes mercantiles. Para el
fetichismo de las marcas se despliega en el
shopping una escenografía riquísima donde,
por lo menos en teoría, no puede faltar
nada; por el contrario, se necesita un
exceso que sorprenda incluso a los
entendidos más eruditos. La escenografía
ofrece su cara Disneyworld: como en
Disneyworld, no falta ningún personaje y
cada personaje muestra los atributos de su
fama. El shopping es una exposición de todos
los objetos soñados.
Ese
espacio sin referencias urbanas está repleto
de referencias neoculturales, donde los que
no saben pueden aprender un know-how que se
adquiere en el estar ahí. El mercado,
potenciando la libertad de elección (aunque
sólo sea de toma de partido imaginaria),
educa en saberes que son, por un lado,
funcionales a su dinámica, y, por el otro,
adecuados a un deseo joven de libertad
antiinstitucional. Sobre el shopping nadie
sabe más que los adolescentes, que pueden
ejercitar un sentimentalismo antisentimental
en el entusiasmo por la exhibición y la
libertad de tránsito que se apoya en un
desorden controlado. Las marcas y etiquetas
que forman el paisaje del shopping
reemplazan al elenco de viejos símbolos
públicos o religiosos que han entrado en su
ocaso. Además, para chicos afiebrados por el
high-tech de las computadoras, el shopping
ofrece un espacio que parece high-tech
aunque, en las versiones de ciudades
periféricas, ello sea un efecto estético
antes que una cualidad real de
funcionamiento. El shopping, por lo demás,
combina la plenitud iconográfica de todas
las etiquetas con las marcas “artesanales”
de algunos productos
folk-ecológico-naturistas, completando así
la suma de estilos que definen una estética
adolescente. Kitsch industrial y compact
disc.
La
velocidad con que el shopping se impuso en
la cultura urbana no recuerda la de ningún
otro cambio de costumbres, ni siquiera en
este siglo que está marcado por la
transitoriedad de la mercancía y la
inestabilidad de los valores. Se dirá que el
cambio no es fundamental ni puede compararse
con otros. Creo sin embargo que sintetiza
rasgos básicos de lo que vendrá o, mejor
dicho, de lo que ya está aquí para quedarse:
en ciudades que se fracturan y se
desintegran, este refugio antiatómico es
perfectamente adecuado al tono de una época.
Donde las instituciones y la esfera pública
ya no pueden construir hitos que se piensan
eternos, se erige un monumento que está
basado precisamente en la velocidad del
flujo mercantil. El shopping presenta el
espejo de una crisis del espacio público
donde es difícil construir sentidos; y el
espejo devuelve una imagen invertida en la
que fluye día y noche un ordenado torrente
de significantes.
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Beatriz Sarlo nació en
Buenos Aires en 1942.
Fue profesora de Literatura
Argentina en la Facultad de
Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires.
Dictó cursos en las
universidades de Columbia,
Berkeley, Maryland y
Minnesota, fue fellow del
Wilson Center en Washington
y "Simón Bolívar Professor
of Latin American Studies"
en la Universidad de
Cambridge. Ha trabajado
sobre literatura popular
sentimental, historia del
periodismo y de los medios
de comunicación, cine y
cultura de masas en relación
con la producción artística,
y el papel de los
intelectuales. Ha escrito
sobre Sarmiento, Echeverría,
Arlt, Borges, Saer y
Cortazar. |
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